Hotel Quiroga

Se había pasado media hora larga absorto, observando como se movía el brazo del gato de la suerte que había en el escaparate del bazar de enfrente. Fue el camarero quien le sacó de su ensoñación.

– ¿Es usted el señor Calpena?
– Sí, soy yo. ¿Por qué?
– Ha llamado una señorita diciendo que le espera en el Hotel Quiroga. Que ya sabría usted quién es.

Azorado, el señor Calpena balbució una respuesta, dejó unas monedas en la mesa y, con el paraguas y la gabardina colgados del antebrazo, salió a la calle. Había parado de llover y el ambiente era agradable.

Después de andar un buen trecho se dio cuenta de que no sabía a dónde iba. Elena. ¿Elena está aquí? ¿Y lo había visto tomándose un té en ese bar? Seguramente debió pasar por delante, paseando, mientras él estaba hipnotizado con el gato. ¿Y la llamada? Recordó que en la entrada del establecimiento había una silla vieja en la que apoyaban una pequeña pizarra y dejaban tarjetas.

El Café Quiroga. ¿Aún existía? La última vez que estuvo allí se juró que nunca más volvería. Elena no apareció y él regresó tarde tras tarde con la vana esperanza de encontrarla sentada frente a la barra jugando con la aceituna de su dry martini o riendo con Héctor, el barman. Pero eso nunca pasó. ¿Y ahora? No quería hacerse más preguntas, y tampoco quería conocer las respuestas a las que se llegó a formular entonces.

Al rato, entraba de nuevo en el bar de la silla y el camarero, al ver la cara que traía, prefirió no preguntar por la mujer misteriosa.

– Ponme un whisky con hielo… No, mejor me dejas la botella.

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El último metro

Tuve que correr para no encontrarme la estación cerrada y poder coger el último metro. Por fortuna, no tuve que esperar mucho rato a que llegara y el trayecto hasta mi parada no era largo. Al salir, vi que el bar Bombay estaba abierto y me apeteció comerme un durum antes de meterme en la cama. Lo pedí en la barra, junto con una caña, y me fijé en el resto de clientes, en su mayoría jóvenes ruidosos que aprovechaban los precios bajos para emborracharse antes de salir de discoteca. Aparcaban el coche en doble fila enfrente del bar y convertían ese tramo en un ir y venir. Casi siempre coincidía que a la vuelta pedían un nuevo combinado mientras sorbían sonoramente por la nariz. Había también una pareja mayor en silencio, ambos con gafas de pasta gruesa y el pelo sucio. Ella llevaba un suéter de punto y falda. Se le veían sus piernas gordas y las medias hasta la rodilla. Calzaba zapatillas. Él vestía una camisa blanca llena de lamparones y unos pantalones de pinzas grises gastados. De uno de sus bolsillos colgaba un llavero en forma de escudo. Estaba descalzo, los zapatos tocando la pared, y con unos calcetines granates agujereados en el talón. El fluorescente del techo le daba de lleno y se reflejaba en su frente grasienta. No pude contar las latas de cerveza que tenían encima de la mesa. Los chavales, la pareja y la dejadez del bar me entristecieron. Sin terminar la caña, pedí que me envolvieran el durum y salí. Dentro de uno de los coches, un chico y una chica reían y bailaban a ritmo de música house. Mientras iba hacia casa, no dejaba de pensar que lo que acababa de vivir era la perfecta metáfora de lo que fue mi relación con Sheila. La alegría del principio había dado paso a algo macilento, como un bar pequeño del extrarradio que abre de madrugada, que presagiaba un futuro de medias hasta la rodilla, calcetines agujereados y latas de cerveza. Tiré el durum a la papelera.

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