La globalización era esto

Gracias a Marga he descubierto dos entradas de dos blogs americanos muy interesantes.

Uno es una serie de pensamientos acerca de la sociedad en la que vivimos y el otro es una divertida reflexión sobre el “buen o el mal dormir”, de la que es fácil sentirse identificado en alguna de la situaciones planteadas.

1. Orwell / Huxley

2. Good night and tough luck

Siguiendo con lo de Orwell / Huxley, ¿son Apple, Google y Microsoft el Gran Hermano?

· iPad, peligro para tus derechos

· Algunos comentarios de este post son para Mudler y Scully

Y mientras, leyéndome el libro No sabeu pas (Vosotros no sabéis), en el que Andrea Camilleri explica entre otras cosas, cómo dirigía la mafia Bernardo Provenzano, el capo de la Cosa Nostra, detenido en el 2006 en una casa de campo siciliana: a base de mensajes codificados escritos a mano en trocitos de papel.

— EDITO 01/02/2010 —
Hoy he leído el capítulo del libro donde explica que Provenzano escribía las notas mediante una (varias) máquina de escribir… entre otras cosas, porque era medio analfabeto y así los errores ortográficos los podía achacar al tecleo.

Hotel Quiroga

Se había pasado media hora larga absorto, observando como se movía el brazo del gato de la suerte que había en el escaparate del bazar de enfrente. Fue el camarero quien le sacó de su ensoñación.

– ¿Es usted el señor Calpena?
– Sí, soy yo. ¿Por qué?
– Ha llamado una señorita diciendo que le espera en el Hotel Quiroga. Que ya sabría usted quién es.

Azorado, el señor Calpena balbució una respuesta, dejó unas monedas en la mesa y, con el paraguas y la gabardina colgados del antebrazo, salió a la calle. Había parado de llover y el ambiente era agradable.

Después de andar un buen trecho se dio cuenta de que no sabía a dónde iba. Elena. ¿Elena está aquí? ¿Y lo había visto tomándose un té en ese bar? Seguramente debió pasar por delante, paseando, mientras él estaba hipnotizado con el gato. ¿Y la llamada? Recordó que en la entrada del establecimiento había una silla vieja en la que apoyaban una pequeña pizarra y dejaban tarjetas.

El Café Quiroga. ¿Aún existía? La última vez que estuvo allí se juró que nunca más volvería. Elena no apareció y él regresó tarde tras tarde con la vana esperanza de encontrarla sentada frente a la barra jugando con la aceituna de su dry martini o riendo con Héctor, el barman. Pero eso nunca pasó. ¿Y ahora? No quería hacerse más preguntas, y tampoco quería conocer las respuestas a las que se llegó a formular entonces.

Al rato, entraba de nuevo en el bar de la silla y el camarero, al ver la cara que traía, prefirió no preguntar por la mujer misteriosa.

– Ponme un whisky con hielo… No, mejor me dejas la botella.

El último metro

Tuve que correr para no encontrarme la estación cerrada y poder coger el último metro. Por fortuna, no tuve que esperar mucho rato a que llegara y el trayecto hasta mi parada no era largo. Al salir, vi que el bar Bombay estaba abierto y me apeteció comerme un durum antes de meterme en la cama. Lo pedí en la barra, junto con una caña, y me fijé en el resto de clientes, en su mayoría jóvenes ruidosos que aprovechaban los precios bajos para emborracharse antes de salir de discoteca. Aparcaban el coche en doble fila enfrente del bar y convertían ese tramo en un ir y venir. Casi siempre coincidía que a la vuelta pedían un nuevo combinado mientras sorbían sonoramente por la nariz. Había también una pareja mayor en silencio, ambos con gafas de pasta gruesa y el pelo sucio. Ella llevaba un suéter de punto y falda. Se le veían sus piernas gordas y las medias hasta la rodilla. Calzaba zapatillas. Él vestía una camisa blanca llena de lamparones y unos pantalones de pinzas grises gastados. De uno de sus bolsillos colgaba un llavero en forma de escudo. Estaba descalzo, los zapatos tocando la pared, y con unos calcetines granates agujereados en el talón. El fluorescente del techo le daba de lleno y se reflejaba en su frente grasienta. No pude contar las latas de cerveza que tenían encima de la mesa. Los chavales, la pareja y la dejadez del bar me entristecieron. Sin terminar la caña, pedí que me envolvieran el durum y salí. Dentro de uno de los coches, un chico y una chica reían y bailaban a ritmo de música house. Mientras iba hacia casa, no dejaba de pensar que lo que acababa de vivir era la perfecta metáfora de lo que fue mi relación con Sheila. La alegría del principio había dado paso a algo macilento, como un bar pequeño del extrarradio que abre de madrugada, que presagiaba un futuro de medias hasta la rodilla, calcetines agujereados y latas de cerveza. Tiré el durum a la papelera.

Siglo XXI. Primera década.

Leí el otro día un artículo de un escritor y profesor, del que no recuerdo el nombre, en el cual decía que los siglos empiezan realmente después de la primera década. Y ponía como ejemplo dos hechos. La deposición de Napoleón (1814) y la Primera Guerra Mundial (1914).
Tenga o no razón, la cuestión es que ya hemos cumplido una década. Así que, en breve y a nivel musical, saldrá una hornada de grupos musicales influenciados por la música de los noventa. (Me he acordado que hace tiempo vi un documental sobre la historia del rock y demostraban que, para diferenciarse de sus predecesores, los músicos de una década tenían como influencia la música que hacían veinte años atrás.)

¿Y qué es lo que destacaríais de esta década que acabamos de cumplir?

Es una pregunta para expertos, pero yo destacaría el uso de las tecnologías de la información y comunicación en nuestra cotidianidad, y las posibilidades de acceso al conocimiento que tenemos ahora. Si bien me gustaría que estas posibilidades las pudiera disfrutar todo el mundo, sin riesgo a que los pocos que las tienen sigan avanzando, progresando, y los que no las tienen se vayan quedando atrás, siendo la brecha entre unos y otros cada vez más amplia.

Recomendaciones

Mi hermana me ha hecho las siguientes:

Los Hombres de Paja, de Michael Marshall.
Delitos a largo plazo, de Jake Arnott.

Ambos libros publicados por Mondadori dentro de su colección Roja y Negra.

Y ya tengo unas ganas tremendas de leerlos, sobretodo el segundo, el de Jake Arnott, que parece ser que es el primero de una trilogía. Si los Reyes Magos pasan por casa y no saben qué dejarme, aquí tienen una idea.

Y la recomendación que os hago:

Si estáis o vais a Madrid, id al Prado (de seis a ocho de la tarde es gratuito) y visitad la parte de la pintura española del XIX, creo que está en la ampliación del museo. Y los cuadros del Bosco también.

Algunos ejemplos:

Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga, de Antonio Gisbert Pérez.

Doña Juana La Loca ante el sepulcro de su esposo, de Francisco Pradilla y Ortiz.

El jardín de las Delicias, de El Bosco.

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